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REPORTAJES

El derecho a vivir... y a morir dignamente

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Actualizado 03/02/2016 11:29:14
Redacción

PorAmín Arias Garabito

Los seres humanos, de acuerdo a nuestros principios éticos, morales y muchas veces religiosos, damos diverso sentido a lo que hemos convenido en llamar ´derecho a la vida`. Los occidentales nos preocupamos mucho por ese bienestar que se supone debe acompañar nuestro paso por el mundo, y desde tiempos inmemoriales nos hemos enfrascado en la búsqueda de esa fuente de la eterna juventud, de la conquista del Santo Grial que nos dará la inmortalidad. En definitiva, no nos preparamos para morir.

Y es ahí, entiendo, donde se encuentra nuestro mayor error. La vida no es nada más que un estadio, un momento muy corto de nuestra existencia. Y está más que claro que sólo existimos mientras nos sigan recordando.

La muerte es parte de nuestra vida, y debería ser una prioridad de todo ser humano llegar al momento culminante de su paso por el mundo con la mayor dignidad posible.

Un derecho reconocido internacionalmente

Ir a descansar al lugar que cada uno cree que irá sin pasar por un periodo de sufrimiento que le haga repudiar la propia vida es un derecho recogido en la Ley 41/2002 de Autonomía del Paciente, que viene a desarrollar lo expuesto en sendos documentos y declaraciones de organismos internacionales como la ONU y la Organización Mundial de la Salud, y en nuestro ámbito regional lo dicho en el seno de la Unión Europea y el propio Consejo de Europa, que en el plano más estrictamente sanitario nos ha dado la Declaración sobre la promoción de los derechos de los pacientes en Europa.

Sólo cuatro de cada 1000 españoles han hecho testamento vital

Es importante concienciar y educar acerca de la importancia de los cuidados paliativos, la eutanasia y el propio testamento vital. De este último, en España, según las estadísticas aportadas por la Asociación Derecho a Morir Dignamente, sólo cuatro de cada 1000 ciudadanos españoles hacen el suyo. Son muchos los factores, sobre todo religiosos o incluso por mero desconocimiento, que condicionan a los pacientes y a sus familiares a dar el paso.

Los conflictos que entraña la negativa de algunos profesionales de la salud para aplicar la ley, basándose en su derecho a la objeción de conciencia, están siendo felizmente resueltos por los tribunales de justicia.

El caso de Andrea, de doce años

El caso de Andrea, la niña gallega que nació con una enfermedad rara degenerativa que la mantuvo durante doce años en una situación irreversible, es uno de esos ejemplos en los que el criterio médico y las diversas legislaciones autonómicas y su interpretación chocan con las posturas de los pacientes y sus familiares, con su libertad y con el reconocimiento de sus derechos.

Los padres de Andrea rogaron que se le suspendiera la alimentación artificial debido a su avanzado grado de deterioro físico. El Centro Hospitalario de Santiago se negó incluso a aplicar la recomendación del Comité de Bioética Asistencial bajo el argumento de que cumplían la legislación gallega y que no podían aplicar, bajo ningún concepto, la eutanasia activa, más allá de los cuidados paliativos que recoge y garantiza la legislación.

La falacia de la que parten está en que vienen a decirnos que prescindir de la aplicación de determinados tratamientos a pacientes terminales les lleva a la muerte, toda vez que, según su criterio, estarían renunciando a hacer el trabajo de ´salvar vidas` que se les ha encomendado.

Este argumento estaría justificado en el caso de una persona que con los cuidados necesarios pudiera tener una vida como la entendemos, aunque ello comportase algunas limitaciones.

En el caso de Andrea no había ninguna posibilidad de supervivencia, lo que quedó demostrado tan sólo cuatro días después de que le fuera suspendido el tratamiento. Es decir, ella, que había pasado doce años de sufrimiento, nunca hubiera podido desarrollar una vida autónoma.

Conectados artificialmente bajo un grado de extremo sufrimiento

De lo que hablamos aquí es de garantizar el derecho de los pacientes a no sufrir. Andrea es un ejemplo más de tantos otros niños y adultos conectados de forma artificial a la vida bajo un grado extremo de sufrimiento que encuentran finalmente en la figura de sus familiares a personas concienciadas con el valor de propia dignidad humana.

Se resume esto en ese deseo de poder aplicar nuestra propia autonomía, de dar sentido al bien más preciado del que disponemos los seres humanos: libertad.

Seguiremos teniendo en adelante muchos más conflictos en este sentido. Pero lo que nunca debemos perder de vista es que nuestro derecho a ser autónomos es un bien superior, que por demás está recogido en la legislación, que las leyes nos protegen, y que nosotros mismos somos quienes tenemos verdaderamente la última palabra.

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