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El Periodico de Castila y León - Diario digital de Castilla y León
El populismo vende ilusión y esperanza

El populismo vende ilusión y esperanza

OPINIóN
Actualizado 03/07/2016 10:49

Artículo de opinión de Alfredo Rodríguez

Los populismos, sean del signo que sean, tienen muchas cosas en común, la principal que no quieren resolver problemas y conflictos, lo que quieren es mantenerlos vivos y aprovechar la indignación que despiertan los mismos para cohesionar a quienes les siguen y sumar nuevos adeptos para la causa. El populismo llamado de izquierdas (Chantal Mouffe lo llama progresista) tiene un gen de superioridad moral del que carece el populismo de derechas. Quizá, porque el primero se asocia a doctrinas sociales y el segundo a la xenofobia, lo que convierte, en el imaginario colectivo, ´bueno` a uno y ´malo` al otro. Un error que siempre se acaba pagando. Los populismos, tanto el de izquierdas como el de derechas, no son más que las dos caras de una misma moneda: el totalitarismo.

«Los populismos, tanto el de izquierdas como el de derechas, no son más que las dos caras de una misma moneda: el totalitarismo»

El populismo es la enfermedad político-social más contagiosa que existe. La ideología populista bebe de una suerte de victimismo colectivo que sabe proyectar la idea de que todos los males de la sociedad son culpa del ´enemigo del pueblo`, que en el caso de los populismos de derechas siempre es el inmigrante y el gobierno, mientras que en el populismo progresista se culpa de nuestros males al capitalismo y a las élites. En el fondo, ambos, lo que hacen es rechazar al sistema democrático en su conjunto para intentar instaurar uno nuevo que solo busca la perpetuación en el poder del líder populista, poder que siempre ejercerá de forma paternalista, autócrata y desafortunada.

Los auténticos parlamentos populares

En el siglo XXI, la política ya no se hace en los parlamentos, se hace en los medios de comunicación de masas y en las redes sociales, que se convierten en los auténticos parlamentos populares. Y en este nuevo escenario político, el populismo tiene un poder de seducción extraordinario. Seducen a través de la emoción, del lenguaje. No necesitan vencer al adversario político, lo que necesitan es convencer al espectador, ponerle ante un espejo en el que el ciudadano se ve reflejado, tanto en su pensamiento como en su sentimiento. Generan ilusión porque saben que las personas siempre buscamos evidencias que confirmen nuestras esperanzas. Por eso es tan fácil que nos engañen, porque la mitad del trabajo lo hacemos nosotros mismos. Juegan con nuestras emociones para ayudarles a conquistar el poder, pero los ciudadanos deberíamos de saber, antes de apoyarles, que de todas las formas de desesperación, hay una, la más dañina de todas, que se disfraza siempre de esperanza.

«De todas las formas de desesperación hay una, la más dañina, que se disfraza siempre de esperanza»

A través del lenguaje, de la imagen, los líderes populistas son capaces de transformar los sentimientos de las personas en ideas para que no vean, aún viéndolo, que las ideas no sostienen el estado del bienestar, que las ilusiones no financian la sanidad, la educación, las pensiones... Es decir, que crean un marco de realidad y un sentido común colectivo que impide a quienes les siguen, pensar, analizar y reflexionar. Es la estrategia perfecta para organizar a las masas en las que se apoyan. Y triunfa cuando a las personas que se sienten damnificadas por un sistema que ha dejado de cubrir sus expectativas, necesidades y demandas, se les unen otras que compran la ilusión y la esperanza, dos emociones que disfrazan la verdadera naturaleza ideológica del populismo progresista.

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