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CASTILLA Y LEóN

Aquellos niños de pueblo

maria soledad martin
Actualizado 12/08/2017 20:02:20
Redacción

Mª Soledad Martín Turiño nos acerca en 'Agro Castellano' su visión y experiencia sobre la educación en el mundo rural

niños de pueblo

Aquellos niños de antes, los de pueblo como nos llamaban peyorativamente los otros de la ciudad, éramos diferentes, no sé si más ingenuos o quizá más felices. Vivimos con una parquedad rayana en la penuria. Teníamos ropa que nuestras madres lavaban, remendaban, repasaban, daban vuelta a los cuellos y modificaban para que pareciera nueva, casi nos estaba prohibido mancharnos y si volvíamos a casa con la ropa sucia por no haber tenido el suficiente cuidado, sabíamos que nos esperaba una buena reprimenda.

Íbamos a la escuela tan solo con un libro: “El Parvulito” para los pequeños, obra de Antonio Álvarez Pérez, un maestro de Zamora, y “La Enciclopedia”, también de Alvarez, para los mayores cuyo lema era: “Intuitiva, Sintética y Práctica” que resumía todo el saber necesario y las materias más básicas compendiadas en tres libros: Primer Grado, Segundo y Tercero cuyos temas eran: Historia de España, Historia Sagrada, Evangelios, Lengua Española, Aritmética, Geometría, Geografía, Ciencias de la Naturaleza, Formación Familiar y Social, Higiene y Formación Político-Social.

Recuerdo que se nos separaba desde la infancia: los niños iban a una escuela con un maestro y las niñas a otra con una maestra. Empezábamos la jornada izando la bandera en un patio improvisado (que a veces era la propia calle donde se ubicaba la escuela), cantando el Cara al Sol como correspondía a la época franquista que vivíamos entonces; luego, en pie, se rezaban en común y en voz alta las plegarias esenciales: ave maría, gloria y un padrenuestro que despertaban las almas y preparaban los cuerpos para una jornada de instrucción académica sin grandes alharacas: las cuatro reglas, ortografía, la religión cristiana, el catecismo, y unas someras nociones generales compendiaban la erudición de aquellos pequeños y sus maestros sin olvidarnos, claro está, de los rituales básicos de comportamiento, buena conducta y educación que todos conocíamos como “reglas de urbanidad”.

Aquellos niños de antes cuando íbamos a la escuela combatíamos los rigores del frío con una lata llena de brasas que llevábamos desde casa para ponerla bajo los pies y calentarnos. Las condiciones del aula eran muy difíciles para unos maestros que debían educar a la vez a chiquillos de diferentes edades para lo que no dudaban en imponer una férrea disciplina y, en ocasiones, utilizar castigos físicos que ahora serían muy cuestionados aplicando a pies juntillas el dicho “la letra con sangre entra”, donde la vara del maestro era un instrumento de disuasión y también de castigo para los alborotadores o los díscolos.

Aquellos niños crecieron en un mundo sin distracciones, en pueblos duros sin mayor esperanza que el trabajo diario ni otra alternativa de futuro que no fuera continuar la labor de sus padres en el campo. Se hicieron fuertes a fuerza de golpes; se convirtieron en hombres rudos, no temían al trabajo puesto que no habían vivido otra cosa y conformaron una generación sólida pero carente de muchas cosas que hoy consideramos básicas. Hoy asumen con distancia los goces del progreso, se escaman de la gente que se tilda de honesto, arriban con trabajo, el esfuerzo no les asusta, presumen de muy poco y ya nadie les engaña con oropeles falsos que antes les dejaban boquiabiertos.

Aquellos niños de antes son los hombres de ahora que siguen impregnados de aquellos valores que les inculcaron a fuerza de reiteración; tal vez por eso mismo cuando se habla tanto hoy en día del ocio, ellos se admiren porque aún conservan el estigma de que todo aquello que no sea trabajar es perder el tiempo. ¡Curiosa paradoja en esta época que vivimos!

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