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CASTILLA Y LEóN

Peculiaridades de las gentes castellanas (I): El aspecto físico

M_Soledad_Martin_Turino_Agro_Castellano
Actualizado 04/09/2017 18:56:05
Redacción

María Soledad Martín Turiño inicia en 'Agro Castellano' el relato de una trilogía sobre las pecularidades del medio rural. Esta es la primera parte

Cada vez que regreso a este pedazo de tierra que fue el hogar de mis primeros años, vuelvo a percibir el olor del pueblo que se hace patente desde el momento en que bajo del coche, cierro los ojos y ensancho mis pulmones para llenarme de este aroma incomparable.

Siempre es el mismo rito, y lo hago de manera pausada, sintiéndome en comunión con mis ancestros, con los antepasados que vivieron aquí y pisaron este mismo suelo. De este modo retorno con los míos, vuelvo a ser parte de su historia que no termina en mí, porque sé que la perpetuaré en mis hijos.

El pueblo es pequeño, de casas humildes, muchas de ellas de adobe; en definitiva, un pueblo castellano más, construido a la manera tradicional, que parece surgir de entre los surcos y camuflarse en la llanura.

El carácter de sus gentes es parco en gestos y maneras que no comulgan con la grandilocuencia o la verborrea. De ellas he aprendido las verdades elementales de la vida, sin apenas darme cuenta, en los gestos sencillos de cada día.

Esa singularidad de las gentes del agro se manifiesta muy a primera vista. Todos, en alguna ocasión, hemos hecho el típico comentario: "ese es de pueblo" refiriéndonos tanto al aspecto externo de alguien, como a su comportamiento pacato y un tanto ingenuo.

El atuendo diferente, menos moderno pero mucho más práctico para combatir los rigores de un invierno justiciero, apuesta por pellizas, trajes de pana, gruesas camisas de algodón, botas altas o zapatos de goma para los hombres, y toquillas, mantos, abrigos, tupidas medias negras, manguitos o guantes y pañuelos en la cabeza para las mujeres.

El verano feroz de Castilla, seco y duro, se combate en los pueblos haciendo vida en las casas que, a menudo, están construidas con gruesos muros que sirven para aislar y proteger. Sin embargo, en los hombres, que suelen ser menos caseros a causa de su trabajo en los campos, es fácil observar una indumentaria muy parecida todo el año.

Me llamaba la atención este detalle y, siendo niña, solía preguntarle a mi abuelo como era posible que no se remangara la camisa o vistiera un pantalón menos grueso con el calor que hacía. Su respuesta no era menos curiosa, pues decía que "la ropa tanto aislaba del frío como del calor".

El pañuelo negro en la cabeza de las mujeres era otro tipismo muy característico sobre todo en las mayores y tal costumbre tenía sus variantes según la estación: en verano era una gasa fina y en invierno una más tupida.

El tocado femenino, además de servir de protección contra el sol cuando trabajaban en los campos, era utilizado en señal de respeto, como una forma de distinguir a quien había perdido a un ser querido y, por tanto, una muestra más de luto o, simplemente por cuestión de edad: las mujeres mayores iban, muy frecuentemente, veladas.

Me viene a la mente, a tenor de lo que estoy recordando, el aspecto de estas mujeres. En los pueblos, sobre todo en épocas pasadas, las mujeres apenas se cuidaban. Los rudos trabajos, ya fueran en el campo, o en la casa: atendiendo el ganado, la familia y los quehaceres domésticos en su totalidad, dejaban poco tiempo y menos ganas de ocuparse del aspecto físico.

Los sabañones de las manos y las famosas "cabritillas" que provocaban el acercamiento de las piernas a los braseros eran recuerdos que dejaban los crudos inviernos, y las arrugas en el rostro, junto con la perpetua morenez que quemaba la piel formaban las huellas del verano y así, los rigores climatológicos de una tierra extrema, además del duro trabajo exponían a la mujer a una vejez prematura.

Por otro lado, el lenguaje, los gestos y las formas de expresión castellanas dan ejemplo de una vida resignada y muy alejada de afeites y modernismos. Por fortuna, el paso del tiempo, las nuevas tecnologías y un mayor conocimiento han modificado ligeramente este aspecto.

Las jóvenes de ahora intentan integrarse en los avances que la sociedad impone: conducen automóviles, van con frecuencia a la ciudad, cuidan su apariencia, se visten de manera más moderna... y poco a poco van cambiando los hábitos de sus madres.

FOTO: MARGARETO

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