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CASTILLA Y LEóN

Peculiaridades de las gentes castellanas (III): Las apariencias

soledad_martin_agro_castellano
Actualizado 27/09/2017 19:52:22
Redacción

María Soledad Martín Turiño aborda en 'Agro Castellano' el relato de una trilogía sobre las peculiaridades del medio rural. Esta es la tercera parte, en la que se habla de las apariencias.

El concepto del "qué dirán" tan arraigado en la cultura colectiva de los pueblos, es otra característica de las gentes castellanas que ha sido retratado magistralmente por distintos autores a lo largo del tiempo.

A veces, detrás de las apariencias se esconde lo falso, lo erróneo, la trampa. Puede que, tal vez en una época, a los habitantes de los pueblos castellanos se les engañara fácilmente, pero había también muchas personas que no eran tan ingenuas y no se dejaban seducir por un falso oropel. Me viene a la memoria una situación que, sistemáticamente, se repetía cada verano. Cuando muchas familias regresaban al pueblo para pasar el mes de agosto con la familia, siempre había alguien que hacía ostentación de su recién adquirida buena fortuna en la capital, y lo demostraba de diversas formas: en el café dejando a la vista un fajo de billetes para pagar la consumición, regresando al pueblo en un coche último modelo, vistiendo con atuendos caros... en fin, como si el dinero no fuera importante para ellos.

Sin embargo, mi abuelo, que no era culto pero sí inteligente, nos relataba esas proezas sonriendo mientras recordaba a los padres de esas mismas personas que seguían viviendo con sus recursos limitados y le producía un cierto pesar que la gente se olvidara con tanta facilidad de sus orígenes por el mero hecho de haber cambiado de ciudad o, circunstancialmente, de fortuna.

Saber de dónde venimos y tener presente los orígenes debería ser un lema a no olvidar, aunque a veces, en determinados entornos, resulte difícil. Esa fue una promesa que me hice a mí misma un día en que mantuve una sincera charla con un vecino del pueblo que no había tenido la oportunidad de salir fuera a estudiar y, como otros, se había quedado allí siguiendo la tradición agrícola y ganadera de su familia. Nunca olvidaré su sentimiento de inferioridad comparándose con los demás: "los señoritos" que volvíamos de vacaciones con estudios y otro barniz, mientras él seguía siendo “el pueblerino" –decía-.

El concepto del qué dirán, de manifestar determinadas emociones de cara a la galería, de ocultar lo negativo, de negar una enfermedad y de vivir, en definitiva, una vida de envoltura, de cara a lo que esperaban los demás, se convirtió en una seña de identidad de los pueblos castellanos durante mucho tiempo; y ligado a las apariencias, está la curiosidad innata de las tierras castellanos por todo lo que signifique cambio en la rutina diaria: un vecino que regresa al pueblo, el forastero que aparece un día, un coche desconocido que aparca... toda alteración, por pequeña que sea, supone una interferencia añadida en unas gentes ociosas –muchas de ellas personas mayores- que ven en esta variación motivo de charla durante varias horas.

Recuerdo que me hacía mucha gracia el pequeño interrogatorio al que me sometían los vecinos cuando visitaba el pueblo; preguntas que eran sistemáticamente las mismas en todos ellos y que, por reiteradas y conocidas, me resultaban muy divertidas; observaciones que hacían a la vez que escudriñaban sin ningún pudor: cara, gestos, ropas.... haciendo un repaso ocular sin miramiento alguno. Estos son algunos ejemplos: - ¿cuándo has venido?, - ¿cuándo marchas?, - ¿te quedarás mucho?, - ¿Y tú de quién eres?

Los comentarios del tipo: - ¡Estás más gordo! o - ¡Estás más delgado!, eran afirmaciones que, indefectiblemente, se hacían sin calibrar las consecuencias que de ello se derivaran, en una época donde la corpulencia y robustez eran sinónimo de salud. En este sentido, me viene a la mente lo mucho que sufrió mi hermana con aquellas observaciones, ya que pasó una época en la que su delgadez, motivada por un proceso patológico, era sistemáticamente motivo de chanzas, lo que hizo que aborreciera ir al pueblo para evitar, de este modo, que la gente se metiera con ella.

Lo externo, el embalaje con que se presenta una persona o cosa es vital para el concepto que los demás asuman de ella. Durante mucho tiempo en los pueblos era tradición que los hombres vistiesen únicamente traje los domingos para ir a misa; era una forma de distinguir el día festivo y respetar el descanso para acudir a la iglesia, o bien para ir ocasionalmente a la capital. Sin embargo, determinadas personas lo utilizaban a diario para demostrar un estatus elevado y diferenciarse de los demás; así el médico, el alcalde, el practicante o el cacique (amo o señorito de turno) era normal que vistieran con traje y que suscitaran en los demás un sentimiento de respeto.

Aparentar, sin embargo, en cualquiera de sus manifestaciones no es un hecho concreto de una zona y de un tiempo; en la actualidad se vive del aspecto, se cuida con esmero el exterior y se engaña con una apariencia que ahora llevamos todos y que no nos distingue de los demás. Los jóvenes visten prácticamente igual, las tendencias de la moda hacen que sigamos unos parámetros que, en cierta forma, nos permiten vivir engañados con unos disfraces que a veces nada tienen que ver con nosotros mismos.

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